El extraño caso particular

Cuando se volteó para emprender vuelo de regreso a casa fue cuando se encontró cara a cara; frente a frente; con algo que definitivamente sí le hizo sentir miedo: un humano.

Por: Valentina Hohlberg

Verde era un grillo cuyo cuerpo era, valga la redundancia, verde de pies a cabeza. Su color definido y cabal le agradaba, puesto que lo convertía en un digno ejemplar de su especie.

Una mañana, como muchas otras, Verde salió de su madriguera a alimentarse de la materia en descomposición que abundaba en las orillas del lago donde vivía. Comió hasta hartarse y luego decidió tomar sol. Se percató de que, a metros de donde estaba, una enorme superficie amarilla absorbía de mejor manera el calor de modo que con un par de saltos se encaramó en ella y sintió como el sol bañaba su cuerpo dejando aún más en evidencia lo absolutamente verde que era.

Regocijándose estaba de su buena fortuna cuando de pronto la enorme superficie amarilla comenzó a moverse. Sin que Verde pudiera hacer nada se encontró avanzando lago adentro, sobre aquella enorme superficie, rodeado de agua por donde fuera que mirase. No sabía nadar. Pero no sintió miedo puesto que podría volar a la orilla con sus alitas color verde.

Cuando se volteó para emprender vuelo de regreso a casa fue cuando se encontró cara a cara; frente a frente; con algo que definitivamente sí le hizo sentir miedo: un humano. Tenía el pelo amarillo y los ojos azules… Era diabólico tal como se lo habían descrito su familia y amistades. Verde había procurado jamás en la vida toparse con un ser humano puesto que los relatos que había oído de ellos eran siempre siniestros. Su mamá le había contado cuando pequeño que a su tío Samuel los humanos lo habían capturado y atravesado con un alfiler para luego exhibirlo junto a muchos otros grillos en un plumavit que colgaba del living de la casa. Su amigo Franco le había contado como una vez había presenciado a un grupo de humanos llevar decenas de grillos de los pastizales para luego freírlos en un sartén y comérselos. Había hecho mucho hincapié en como sonreían los humanos mientras se daban un festín a costa de los pobrecitos grillos. Susana también había aportado su cuota de terror cuando le relató como uno de esos gigantescos humanos había pisado a su marido sin miramientos, matándole instantáneamente, silenciando su seductor canto para siempre.

Todas esas películas pasaron por la cabeza de Verdeen una fracción de segundo y antes de que pudiera articular cualquier plan saltó atarantada e impulsivamente hacia atrás, alejándose del humano pero cayendo a su vez, en la hermosa trampa de la tensión superficial del agua.

De nada podían ayudarle sus alitas ya que se encontraba de espaldas y mientras más las agitaba, más tragaba aguay más se ahogaba.

Tomás; un niño de 8 años, que era consciente de aquel grillito sentado a modo de mascarón en la proa de su modesta embarcación, se percató del torpe salto del bicho, y quiso ayudarlo. Lo recogió con su remo del agua y lo volvió a situar en la punta de su kayak para llevarlo a tierra firme antes de que el animalillo se animara a realizar otra de sus estúpidas acrobacias.

Para cuando lo sacaron de agua, Verde ya estaba medio atontado, a causa de la cantidad de agua que había tragado, y del pánico que se había apoderado de él durante lo que creyó fueron varios minutos. Sin embargo, creía haber adivinado buenas intenciones en el humano (si es que pudieran haberlas) al sacarlo del agua. No quiso seguir adivinando. En cuanto el kayak encalló en la orilla el grillo se disipó de la vista de Tomás volando lo más lejos que pudo de aquel ser humano, sospechando que tal vez aquella no era una especie tan perversa como le habían hecho creer toda su vida, pero descartó de inmediato aquel pensamiento, ya que la historia demostraba cuánto había hecho sufrir a los suyos.

Y mientras se alejaba, y sin darse cuenta, sus alitas se manchaban para siempre de unos pequeños lunares amarillos.